Como un ritual, cada recital tiene su historia previa, su intensidad en el momento justo y su final único. Así lo vive cada fanático, admirador de la música de sus ídolos. Este es el caso de Las Pastillas del Abuelo y el eterno agradecimiento de su público.   

Las Pastillas del Abuelo

Por Micaela Dearmas

Viernes, 6.30. Ultimo día de clases previo a las vacaciones de invierno. Afuera, la temperatura roza los cero grados. Cuesta. Y mucho. Suena el despertador: “Tantas escaleras, y nunca aprendí a bajarme sin que me dieras el voto de confianza…”.

Hay que salir a trabajar. Pero el frío no interesa. Mucho menos el cansancio de una extensa semana que concluye. Lo único que importa ahora es que queda cada vez falta menos para una nueva cita. Las Pastillas tocan en Auditorio Sur. Y no puedo faltar.

“A toda velocidad, cortando clavos en el aire, así nos lleva la ansiedad”. Avanza el reloj y las canciones se multiplican en mi cabeza. Los viejos, los nuevos, los que me representan. Todos y cada uno. Van y vienen: “Ágilmente, corazón…”; “Ella ganaba bien como telefonista…”; “Si encontrás algo más fino…”.

Las Pastillas del Abuelo

Esta cita en Temperley es la número 22. Varias. Y una a una, todas inigualables, únicas, irrepetibles.

La noche llega. El lugar se colma. Empiezan a apagar las luces, el resto de la banda se acomoda en sus posiciones y cuando se escuchan los primeros acordes ya uno sabe lo que viene. Ya estamos en el baile, y hay que bailar…

Noches que acarician sueños

“Ella dice, la puerta está abierta, y te invita a sentarse a su mesa…”. Arranca Piti con voz calma. Estoy lejos y empieza a transitarse un paralelismo entre mis sensaciones y las expuestas en las canciones. Empecé tranquila, serenada y a medida que pasaban los temas el ritmo me aceleró y me acercó al escenario. El nivel de la fiesta fue en aumento hasta terminar en el tramo final contra el vallado, a pocos metros, a pura emoción, como tiene que ser, como ocurre siempre, desde hace 22 recitales.

Y el cierre, tras el impresionante Cowboy y esa sensación fascinante de estar todos en el piso, esperando la explosión del “porque solía jugarse la vida al poker con la muerte, partido y revancha …”, lo tiene a Piti solo, con su guitarra en mano. Va con su sorpresa: empieza a cantar su Hombre Mosca. Y después, sigue el coro y se suma a todos con un “le dicen el ratón porque se roba el queso”. Algo diferente, distinto, espectacular.

Es difícil de explicar. Quizás imposible de entender. Pero un rato con tus ídolos tiene estas cuestiones. Hay una conexión real que se sostiene durante ese momento pero que ya se percibe antes y que continúa después.

Y en ese instante, en esos minutos que duran un puñado de canciones, estás ahí con el único objetivo de disfrutar, que te mire él aunque no lo haga. Aunque sí, sé que lo hace, que me mira, que entiende lo que me trasmite, esa paz indescriptible.

Mi lado racional reconoce que es una persona de carne y hueso, como cualquier otra. Que va a recitales de otros artistas, como aquel en el que lo crucé por casualidad, y lo observé a la distancia sin joderlo, en uno de Sabina en el Luna Park, con los amigos.Las Pastillas del Abuelo

Pero si dejo la razón de lado y me entrego a esta admiración profunda, expongo el mayor de los sentimientos y aún no me saldrían las palabras, sería imposible, y únicamente apelaría a una expresión, esa que vale por cada uno de los momentos que me hace vivir, que convive conmigo en toda canción, un
simple y eterno gracias por haber expresado con arte, hacer canción, desde lo más sencillo a lo más complejo, todo lo que me pasa.

“Tomar caminos que no conduzcan a Roma. Cambiar de humor el día cuando escucho tu canción”. Por eso, un simple y eterno gracias…

Coberturas, Música

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