¿Por qué nos gustan las series? -Primera parte-

Decir ¿por qué nos gustan o para que sirven? suena a cuestionamiento inútil. Como pensar ¿para qué se hacen las películas? ¿por qué pintar un cuadro si después termina archivado o con mejor suerte, en un museo lejano o decorando una colección privada? Tan banal como interrogarnos sobre el sentido de una canción. Tema que no debe amedrentarnos a nosotros, meros espectadores. Y así podríamos seguir con aspectos menos multitasking por otros más mundanos… ¿Por qué conservar una piedra de algún viaje olvidado? ¿qué hacer con las cartas o fotos de quienes hoy transitan mejores mundos?, temas arduos que desviarían el foco de este post, pensado en las vedettes de la actual industria audiovisual. La lista de algunas salientes (por supuesto arbitraria y personal) surge casi de memoria: House of Cards, Mad Men, Better Call Saul, Los Borgia, Black Mirror, The Americans, Homeland, Downton, The Affair, The Crown, Ray Donovan, Vinyl, Billions y algunas otras…

Antes que nada, como quien elige un libro (si no es al revés), asumo que las series nos llegan según los propios apetitos culturales. Hay, claro está, influencias del marketing, promovidas por el boca en boca de los amigos, como supo ser el lazamiento de Netflix en combo con House of Cards, el furor de Breaking Bad o Walking Dead, por nombrar algunos.

No voy a hablar en tal sentido, si no especular en relación a lo que puede llegar a cautivarnos y decir que también depende cómo se encuentre uno y la disposición que se tome para optar por una incomprensible maratón de madrugada, sólo por no quedarse atado al capítulo siguiente.

De cada una, confirmé motivaciones distintas que refieren más a incertidumbres y especulaciones internas, acaso generada por excelsos manipuladores guionistas.

Así, remitirse a Frank (Underwood), sirve para repasar las miserias del último gran inescrupuloso de la ficción mundial. Revisar a Don Draper implicó bucear en muchas incertidumbres hundidas en tantos toneles de whisky digeridos, sin descartar los miles de puchos pitados. También, atravesar el peso de resolver en soledad lo que sea y sobre la marcha, más una visión interesante acerca de los vertiginosos cambios de hábitos en la sociedad de consumo.

El Jimmy Mc Gill, de Better (dejo afuera Breaking Bad, porque no me enganchó tanto y sí sumo este spin off) ayuda a rescatar la idea de un tipo que se esmera por lograr crecer, con todas sus dificultades, sus inseguridades y deseos de progreso (celos, envidias, recursos espurios) querer agradar y enamorar a su auditorio (íntimo o más amplio) lo lleva a coquetear con el riesgo, sólo por su condición de un incurable embustero.

En similar sintonía se encuentran la Vinyl de Scorsese, Ray Donovan, en ambos casos tanto los excesos como los bordes que recorren sus personajes representan para aquellos que se involucran con las series (de verdad) un salto a lo tentador de lo incierto, semejante al de alguien que sin comprender pasó de un cinco estrellas a un devastador baldío.

En el caso del productor drogón que pensó Scorsese junto con Mick Jagger, acaso los excesos de una generación hayan sido determinante como para que los espectadores del mundo eligieran abandonarla o mirar para otro lado. (Aunque algunos se atribuyan el fracaso a sus costos). A no extrañarse, muchos exponentes de la movida porteña y drogona de los ochenta en Buenos Aires, atribuyen al “olvido” de ciertas circunstancias, como el mejor sentido para su supervivencia en nuestro presente. Por el lado del clan Donovan, a mi juicio, notable propuesta con un interesante equilibrio entre guión, actuación y despliegue, es a partir de la profundidad de sus personajes, en sintonía con su desarrollo (5 temporadas y el lógico paso del tiempo tanto de Ray, Mick y sus hermanos, como el de Abby y sus hijos), un cautivante policial negro que no deja al margen, ni los conflictos psicológicos, la controvertida idea de moral y sus oscilaciones. Una propuesta para no dejar pasar.

Acaso como Black Mirror, Billions y Homeland coinciden en un trasfondo social fuerte, aunque la conflictividad de estas historias faciliten al espectador la chance de no necesitar poner el cuerpo. Distancia que salvaguarda como quien contempla relatos enigmáticos, ambiciosos, a veces ajenos pero ricos en conflictos a desenmascarar. En el primer caso es obvio que el peso de las nuevas tecnologías en nuestros hábitos y el modo en que inciden en lo que elegimos, nos lleva invariablemente a suponer que lo que hacemos con ellas, terminarán mal…siempre. Billions expone de manera morbosa la impunidad de los que pujan por quedarse con todo. Propuesta típica del estilo “qué hijos de puta pero qué bien lo hacen”, al punto tal que es Bobby Axelrod, quien casi en el acto, logra la sintonía con el espectador, en detrimento del justiciero fiscal Chuck Rhoades Jr.

Para colmo, la esposa psicóloga de este, trabaja para su enemigo el yuppi 2.0 y el nene mimado de la serie la tiene entre algodones mientras que el jurista investigador parece no entender nada, en esto de cortejar a su amada. Por último en esta trilogía, Homeland continúa con una justificación global del sueño americano y vigilante: acabar con el gran enemigo de la humanidad del siglo XXI, el pueblo árabe, con todos sus demonios y, si es posible con sus hijos también.

 

Enlace para bookmark : Enlace permanente.

No se admiten más comentarios