¿Por qué nos gustan las series? -Segunda parte-

Las series de época generan otros apetitos, algunos intentan ayudarnos a comprender lo que visto desde la autosuficiencia, post nihilista del presente, parece ridículo e impensado en años mozos.

Las series de época generan otros apetitos, algunos intentan ayudarnos a comprender lo que visto desde la autosuficiencia, post nihilista del presente, parece ridículo e impensado en años mozos. En el caso de Los Borgia, sin embargo, la disputa por el poder en manos de un clan familiar, recuerda mucho a ciertos códigos de El Padrino. Si hay muerte, ambición y traiciones entre miembros de la misma sangre, ¿cómo apartarse del relato universal de Francis Ford? Con todo, Jeremy Irons y sus hijos hacen delicias para contarnos de la Roma pobre aunque en irrefrenable ascenso, con un lider súmamente inteligente como para ganar tiempo y espacios en la geopolítica.

Con Downtown Abbey, se puede hacer una tarea fina acerca de las reglas de la alta sociedad británica y su vital importancia en la convivencia. De hecho, en muchas circunstancias, es la servidumbre la que realza las formas y las mantiene, acaso atando sus obligaciones laborales a una estructura que, de entrada, se resiste a toda posibilidad de cambio. El arriba y el abajo, en el sentido clasista se mueve como una madeja impulsada por un gato, cuyo juego irá enredándose y desenredándose, a veces cual novela rosa y otras, haciendo honor sobre lo que va dejando (y extinguiéndose) de los tiempos victorianos.

La historia de Isabel II en The Crown nos da la verdadera dimensión de la monarquía. Aún en ese falso preconcepto que linda lo decorativo. La clave de este relato, además de las excelentes actuaciones de Clarie Fox y John Lithgow (como el bueno de Winston) pasa por disfrutar de la impensada articulación de una jovencita reina, urgida por aprender y la muñeca política de don Churchill, entre la primera posguerra y un Reino Unido, en apariencia, camino a desmoronarse.

El azar de este análisis aglutina y concluye con dos series, si se quiere, contrastantes. Acaso ¿existe algún denominador común entre The Affaire y The Americans? La del escritor que pierde la cabeza por una camarera, para ver cómo se desmorona su vínculo matrimonial ofrece tantas aristas como la dualidad de los protagonistas al momento de tomar decisiones. La riqueza de un relato compartido, mitad del capítulo contado con los ojos de Noah y la otra, por Alison, para hacerse coral con el avance de la historia (se sumará en la segunda temporada la visión personal de sus respectivas ex parejas) refleja el aspecto más interesante de la mayoría de las series aquí citadas: el carácter disfuncional de los “héroes” y la importancia de revisar con ellos sus angustias, sus flaquezas. ¿Y cómo encontrarle un nexo entre estos y esa pareja de espías rusos cuya simulación del estilo de vida americano a fines de los setenta, alcanza para conservar la fidelidad al régimen comunista a riesgo de poner en duda los verdaderos sentimientos de tal falso matrimonio? (¿Se entendió?) Breve explicación: The Americans se corresponden con la falsa puesta en escena de una familia que comparte techo, hijos y proyectos sólo para cumplir con el mandato soviet.

Y desde aquí me atrevo ¿y por qué no? No es acaso el peligro de quedar en evidencia por el secreto más preciado (la condición de amantes del primer caso, la verdad política en el segundo), razones suficientes para que la adrenalina de dos romances poco convencionales hagan estallar a la pantalla?

Probablemente este planteo sobre por qué nos gusta, no sea más que un resultado obvio. “Porque sí”, sería la respuesta más boba y eficaz para cerrar el debate. Recordar escenas perturbantes o dolorosas, Ray llorando en el confesionario, Betty, la primera mujer de Draper maltratando a su hija adolescente, Brody el ex marine sacando una alfombrita en su galpón para recostarse y rezar apuntando a la Meca, Clarie engañando a Frank, Kim, la abogada obediente pagando un interminable derecho de piso, todos ellos justificarían en parte el por qué de tanto insomnio, tanta fidelidad por las buenas historias. Es que no hay mucho secreto… porque son más que eso, buenas historias para sentirnos parte de algunos o muchos mundos posibles. Distintos a los que solemos transitar. Buenas noches, en 16 segundos arranca otro episodio, los dejo.

Si todavía no leíste nuestra primera entrega de este artículo, podés hacerlo clickeando en el siguiente link: ¿Por qué nos gustan las series?

 

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