Bloodline, pasadizos entre brumas y oscuridad que siempre nos dejan una enseñanza

Detrás de una familia modelo, existen secretos inconfesables que sólo salen a la luz, cuando alguien se aparte de los mandatos fundamentales.

La tendencia es insistir con eso de que “Siempre el pasado viene para enseñarnos algo”. Y qué mejor una serie como esta para ratificarlo.

El pobre y descarriado Danny Rayburn llega justo para la celebración del aniversario de sus padres, contrariando la voluntad familiar. Sus hermanos no se lo bancan. Ni John, quien parece el más conciliador, ni Meg, la abogada que ya se encargó de tacharlo de la sucesión, ni Kevin, el más obediente y “frágil” de la familia.

Qué decir del patriarca y administrador de la finca-hotel, Robert (Sam Shepard) quien con anticipación decidió desheredarlo sin consultar a su esposa, Sally (Sissy Spacek), la única que se alegra de verlo.

Convengamos que estamos en un delay con la serie (va por su tercera temporada) pero las profundas contradicciones internas de los sujetos en relación a sus vergonzantes decisiones individuales, quedan enmarañadas en un conflicto asfixiante de nula resolución.

Es que a Danny le endilgan la muerte de Sarah, la hija recordada y ahogada durante la infancia, cuyo accidentado final, desembocó en la durísima paliza que le propinó su padre, cuyas consecuencias le significaron, no sólo la culpa permanente e insuperable, si no la rotura de uno de sus brazos.

“Lo atropelló un auto”, fue la explicación del entorno Rayburn a la policía para preservar la reacción del “ejemplar” patriarca.

A contramano con el relato bíblico, el destino fatal del hijo pródigo se anticipa de entrada. Danny es boleta (no es spoiler, se ve en el primer capítulo) sin embargo, en el trayecto de la primera temporada, cualquier espectador se extravía a la hora de dilucidar cuán jodidos son unos y otros y, por supuesto, con el sentido de la verdad, como principio de todo.

Y es que cual buen relato, Bloodline se asemeja a esos pasadizos que se recorren entre brumas y oscuridad, donde cada paso en falso duele y cada obstáculo libera de angustias primeras, primarias.

Como revisar aspectos referidos a la herencia… ¿estamos determinados por nuestros genes? ¿Hasta qué punto conocer la verdad de lo que acarreamos o de lo que nos antecede ayuda o termina favoreciéndonos? ¿Saber más nos fortalece o no hace más que dejar en evidencia nuestra potencial fragilidad?

Todo esto se responde o se revela durante los primeros doce capítulos. Hay una escena apoteótica en el número 11, donde se define el futuro de Danny y de John. Altamente recomendable.

Si los recursos tecnológicos pudieran rearmar o revisar la mejor manera de conocer cómo nuestros ancestros fueron sorteando obstáculos y desenredándose de su primigenia, probablemente varios optarían por obtener tal información, guardarla en una caja fuerte o pendrive y dejarle ese baile a los que los sucedan.

Para los Ryburn, no hay peor castigo que tomar conciencia del legado que transfiere la propia sangre. Sin vampiros, ni carroñas, ¿quién se atreve a digerir semejante trago?

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