Fue el artífice, al sacar el papel con el nombre de los otomanos, de la clasificación para la cita ecuménica en 1954, en Suiza. Se empleó el sorteo en ese momento, cuando todavía no habían inventado el método de los penales, luego de un repechaje que terminó en empate en el tercer partido en campo neutral, en Roma.

 

 

Camino al Mundial de 1954, España y Turquía disputaban una serie eliminatoria para quedarse con un boleto a Suiza. La Roja era clara favorita debido a su cuarto puesto obtenido en la edición anterior, en Brasil, donde sólo quedó detrás de Uruguay, los locales y Suecia, mientras que los otomanos tenían el anhelo de lograr su primera participación en la cita ecuménica.

Ambos integraban el grupo 6 junto a Unión Soviética, pero esta última se negó a jugar por cuestiones políticas, recién apareciendo en escena en el siguiente campeonato. Así es como el triangular se convirtió sólo en una definición de ida y vuelta.

El primer duelo de esta llave tuvo lugar en el Santiago Bernabeu, en la cancha de Real Madrid, donde el anfitrión no tuvo ningún tipo de problemas y goleó por 4 a 1. En la revancha, en tanto, en Estambul, el local dio el golpe y venció por la mínima diferencia. En aquella época, las definiciones por diferencia de gol no tenían lugar por lo que españoles y turcos debían batirse a un tercer encuentro, disputado en terreno neutral, para sellar al clasificado.

El tercer y decisivo partido tendría lugar en Roma. Previamente, España llegaba a suelo italiano con una notificación de la FIFA, donde no podría incluir a una de sus figuras, el húngaro Ladislao Kubala, debido a que estaba sometido a proceso de investigación para ver si cumplía con los requisitos para vestir la camiseta roja. Según la reglamentación de la principal entidad deportiva, para que un extranjero pudiera jugar en otra nación necesitaba haber vivido al menos tres años en dicho país. Kubala había arribado a España en 1950 pero sus papeles figuraban con fecha de 1951, por lo que debió ser investigado y privado de afrontar aquel encuentro definitorio.

España y Turquía saltaron a cancha en Roma para definir quién iría a la próxima Copa del Mundo. Sin embargo, y al cabo de los 90 minutos, la paridad entre unos y otros no pudo quebrantarse y el compromiso concluyó con empate en 2. Cabe destacar que el método de los penales aún no había sido inventado por lo que se debió recurrir a un curioso -e inusual- método de resolución.

Y aquí es donde aparece el gran protagonista de la jornada, y tal vez del Mundial: Franco Gemma. La forma en la que se definiría si España o Turquía accedían a la próxima Copa fue colocando los nombres de los seleccionados en una bolsa y que un niño con ojos vendados agarre uno. Quien quedara en la mano de Franco, iría al Mundial. El otro, a casa.

Gemma colocó su mano en la bolsa, agitó por unos segundos y sacó un papel. La inscripción que contenía el mismo decía “Turchie” (Turquía en italiano, escrito de esa manera para llamar a la suerte). En el saco quedó el nombre y el sueño de toda la nación española de participar del Mundial. El futuro inmediato, en Suiza, dirá que Turquía fue eliminado en primera ronda pero eso no importa. La relevancia la tuvo un inocente niño con la cara vendada que fue considerado como Manosanta por algunos mientras que por otros la Mano Maldita.

A contramano